sábado, 8 de agosto de 2015

||>> Criticones anónimos.

(Por David McCasland)
☆ Leer: Filipenses 1:1-11 ☆
"Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más…" (v. 9).

Como muchos, cuando leo un periódico o una revista, detecto los erores de ortografía y de gramática. (Lo notaste, ¿no?).

No estoy tratando de encontrar errores; ¡me saltan a la vista!

Mi reacción habitual es criticar la publicación y a las personas que la producen: «¿Por qué no usan el corrector automático o contratan a alguien que revise el texto?».

Tal vez te suceda lo mismo en tu especialidad.

A menudo, parece ser que, cuanto más sabemos de algo, más críticos nos volvemos ante los errores ajenos, y esto puede afectar nuestra relación con la gente.

Sin embargo, en Filipenses 1:9, Pablo presenta un enfoque diferente: «Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento».

El plan de Dios es que, cuanto más sepamos y entendamos, tanto más amemos. En lugar de desarrollar un espíritu crítico y simular que no notamos algo o que no nos importa, el conocimiento debería fomentar la empatía.

La compasión reemplaza a la crítica.

El Señor no nos llama a ser criticones, sino a ser «llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios» (v. 11).

Cuando el Señor llena nuestro corazón, podemos refrenar las críticas y amar a los demás, ¡sin importar cuánto sepamos de ellos!

>> Señor. Ayúdame a amar y ser compasivo, en vez de criticar todo lo que vea mal en mi entorno. Aún con solo pensarlo interiormente.

● Errar es humano. Perdonar es divino. Rectificar es de sabios.

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||>> Un trabajo significativo.

☆ Lectura: Colosenses 3:22-4:1 ☆

George Herbert era un talentoso poeta inglés del Siglo XVII (S.17).

En un momento específico de su vida no deseaba hacer lo que Dios quería que él hiciese.

Ser el predicador de una iglesia que no le atraía mucho, a pesar de que sentía que Dios lo estaba dirigiendo hacia esa vocación.

Tenía sus dudas porque pensaba que tendría que renunciar a demasiadas cosas.

Después de un tiempo de lucha rebelde, se dio cuenta que la sumisión al señorío de Cristo es la salida a la esclavitud egocéntrica y abre la puerta a una auténtica libertad y realización.

También se dio cuenta de que servir al Salvador generalmente no acarrea un martirio heroico.

Más bien se trata de desempeñar las tareas más humildes con buena disposición y en actitud de adoración para la gloria de Dios.

Muchos del pueblo de Dios se angustian porque no pueden entregarse a lo que se conoce como “ministerio o servicio a tiempo completo”.

Sin embargo, todos nosotros, cualquiera que sea nuestra vocación, contabilidad, agricultura, enfermería, ama de casa, taxista, publicista, constructor o alguna otra cosa, necesitamos reconocer que siempre trabajamos para el Señor.  

En Colosenses 3:23 leemos: “Y todo lo que hagan, háganlo de corazón, como para el Señor y no como para la gente”.

Cualquier empleo cobrará un mayor significado, si hacemos nuestro trabajo conscientemente para Dios.

Todos los creyentes trabajan para el mismo patrón: Dios.

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