martes, 14 de julio de 2015

||<< ¡Me canso mucho! >>||

☆ Lectura: Isaías 40:18-31 ☆

Alguien me confió que se estaba sintiendo culpable.  

Me dijo: “A pesar de que soy creyente, ¡me canso mucho!  Al estudiar las Escrituras me encontré que el pueblo de Dios a veces sufría de fatiga y hasta de agotamiento".

No obstante, la Iglesia de hoy no parece dispuesta a admitir eso.

En nombre de una vida cristiana victoriosa, algunos consideran que la fatiga física es resultado de no confiar, ni obedecer a Dios y esta puede ser una de las razones.

Sin embargo, según Isaías, nuestro Creador espera que sus criaturas finitas se fatiguen de vez en cuando.  

Él promete renovar nuestras fuerzas si esperamos en Él (Isaías 40:30-31).

También entiende que nuestra necesidad de fortaleza, al igual que nuestra necesidad de alimentos, no es algo para lo que debe proveer una sola vez y para siempre.

Nuestra opción no es si vamos a fatigarnos o no, sino porque vamos a fatigarnos.

En mi caso personal padecí agotamiento físico durante un largo periodo de tiempo debido a la ansiedad, el temor y la amargura.  

Gracias al Señor, estos sentimientos negativos ya no me dominan.  Pero todavía me canso mucho por que estoy involucrado en muchas tareas para la obra del Señor y por mi deseo de vivir fielmente como siervo de Cristo.

Hazte una “prueba de fatiga”.

Si tu fatiga se debe a razones erradas, busca humildemente la amante corrección de Dios.

Si tu fatiga se debe a buenas causas, pídele a Dios que te renueve las fuerzas y por qué no, puede ser que debas enfocarte en los ministerios donde tu servicio es más efectivo, recuerda en ocasiones caemos en “activismo”, y no medimos la efectividad de nuestros esfuerzos.

No tienes que sentirte culpable por tu cansancio, busca la causa y actúa.

La fortaleza de Dios es directamente proporcional a nuestra fatiga.

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lunes, 13 de julio de 2015

||<< Y dijo Dios a Jonás: ¿Haces bien en enojarte? >>||

(Lecturas: Charles H. Spurgeon).
☆ Leer: Jonás 4:9 ☆

La ira no es necesariamente mala, pero tiene una tendencia tan marcada a desviarse, que todas las veces que se presenta, tendríamos enseguida que examinar su índole con esta pregunta:

"¿Haces bien en enojarte?"

Puede ser que podamos responder: "Si". 

Muy frecuentemente la ira es la tea del loco, pero algunas veces es el fuego de Elías que cae del cielo. 

Hacemos bien cuando nos airamos con el pecado con el mal que comete contra nuestro bondadoso y clemente Dios; o cuando nos airamos contra nosotros mismos por seguir siendo tan torpes, después de haber recibido tanta instrucción divina; o también cuando nos airamos con los demás porque obran lo malo. 

El que no se enoja ante la transgresión es porque participa de ella. 

El pecado es aborrecible y odioso y ningún corazón regenerado puede soportarlo con paciencia. 

Dios mismo está airado con el impío todos los días, y en su Palabra está escrito: "Los que amáis a Jehová, aborreced el mal".

Pero mucho más frecuentemente tenemos que temer que nuestra ira no es recomendable ni aún justificable, y entonces tenemos que responder: "No". 

¿Por qué tenemos que estar malhumorados con los hijos, enojados con los sirvientes y airados con los compañeros?

¿Es honrosa esa ira para nuestra profesión cristiana, o glorificamos con ella a Dios?

¿No es el viejo corazón malo el que busca obtener dominio, al cual tendríamos que resistir con toda la fuerza de nuestra nueva naturaleza? 

Muchos de los que profesan ser cristianos se rinden al carácter irascible, como si fuera inútil intentar resistirlo. 

El creyente debe recordar que es menester que sea vencedor en todo sentido, de lo contrario no será coronado. 

Si no podemos dominar nuestro genio, ¿Qué es lo que la gracia ha obrado en nosotros?

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