sábado, 15 de agosto de 2015

||>> Einstein y Jesús.

(Por Mart De Haan)
☆ Leer: Juan 9:1-7 ☆
« … Jesús les habló, diciendo: Yo soy la luz del mundo… » ☆ Juan 8:12 ☆

A Albert Einstein lo recordamos por otras cosas aparte de su cabello despeinado, sus ojos grandes y su agudo carisma. 

Lo conocemos como el genio y físico que cambió nuestra cosmovisión.

Su famosa fórmula, E=mc2, revolucionó el pensamiento científico y nos introdujo en la era nuclear.

Con su «teoría de la relatividad», razonó que, dado que el universo completo está en movimiento, todo conocimiento es una cuestión de perspectiva. 

Creía que la velocidad de la luz es la única constante según la cual medir el espacio, el tiempo y la masa.

Mucho antes que Einstein, Jesús habló del papel de la luz para entender nuestro mundo, pero desde una perspectiva diferente.

Para respaldar su afirmación de que Él es la luz del mundo (Juan 8:12), sanó a un ciego de nacimiento (9:6).

Cuando los fariseos lo acusaron de pecador, este hombre agradecido dijo: «Si es pecador, no lo sé; una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo» (v. 25).

Mientras que las ideas de Einstein han sido difíciles de probar, la validez de las afirmaciones de Jesús pueden verificarse: podemos pasar tiempo con Él en los Evangelios, invitarlo a participar de nuestra rutina diaria y ver cómo transforma nuestra perspectiva de todas las cosas.

● Señor Jesús. Gracias por ser la Luz verdadera, a quien ninguna oscuridad puede apagar. Gracias por ser nuestro faro iluminándonos en medio de nuestras tribulaciones. Gracias por llevarnos a buen puerto. Por guiarnos por los buenos caminos de luz y verdad.

>> Solo cuando andamos en la luz de Cristo podemos vivir en su amor.

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||>> Galletas de mantequilla de maní.

☆ Lectura: Santiago 2:14-26 ☆

Me contaba un amigo que llegando del trabajo se encontró en el mostrador de la cocina unas galletas de mantequilla de maní.

Junto a ellas había una nota de su hija de 12 años, que decía lo siguiente: “Querido papá, hice esto para ti, con amor tu hija Sofía”.

Nadie le dijo que las hiciese.  No tenía que hacerlo.  Simplemente las hizo.

Pero, ¿por qué? ¿Estaba ella tratando de ganarse su favor? ¿Estaba tratando de cerciorarse de que él la amaba? ¿Estaba tratando de ganarse puntos con su papá?

No. Sofía había preparado aquellas dulces galletitas sencillamente para mostrarle a su papá que le amaba.

Esto era una clara evidencia de su estrecha relación. Lo hizo porque era su papá, no para ganarse de alguna manera el derecho de ser su hija.

Eso mismo sucede con las buenas obras que deberíamos hacer como seguidores de Cristo.

No hacemos bunas obras para ganar un mejor lugar en el cielo. Más bien, nuestras buenas obras son evidencia de nuestra salvación, agradecimiento, amor y fe en Cristo.

Jesús hizo la obra completa de proveer salvación. Pero nosotros tenemos que hacer obras. ¿Por qué? No para ganarnos Su favor, sino para mostrar nuestro amor.

“Nosotros somos hechura suya; hemos sido creados en Cristo Jesús para realizar buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que vivamos de acuerdo con ellas.” (Efesios 2:10).

Las buenas obras son muestra de un corazón agradecido.

Servir a Jesús de buena gana, debe causarnos la mayor de las alegrías.

¿Y tú, en qué le sirves a Cristo?

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