viernes, 3 de julio de 2015

||<< Conversación ardiente >>||

(Por Lawrence Darmani)
☆ Leer: Santiago 3:2-10 ☆
"Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal…"
- Colosenses 4:6.-

En el norte de Ghana, de donde soy oriundo, es habitual que los arbustos ardan durante la estación seca.

He visto grandes superficies de tierra labrada que se prenden fuego cuando los vientos arrastran cenizas de chimeneas o restos de cigarrillos que arrojan en los caminos.

Como la vegetación está tan seca, una mínima chispa basta para iniciar un incendio devastador.

Así es como Santiago describe la lengua: «un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno» (Santiago 3:6).

Una declaración falsa hecha por aquí, una murmuración por allá, un comentario maligno en otra parte, y las relaciones se destruyen.

Proverbios 12:18 afirma: «Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina».

Tal como el fuego tiene un lado destructivo y otro beneficioso, «la muerte y la vida están en poder de la lengua» (18:21).

Para que una conversación refleje la presencia de Dios en nuestra vida y le agrade a Él, que sea «siempre con gracia» (Colosenses 4:6).

Cuando expresemos nuestras opiniones durante un desacuerdo, pidámosle al Señor que nos ayude a escoger palabras constructivas que honren su nombre.

● Señor, guía hoy mis conversaciones por favor. Que de estos labios, salgan palabras de bendición, no de maldición para el prójimo. Palabras de y con tu amor.
Palabras del Espíritu, y no del hombre. Que esté más lleno del fruto del Espíritu Santo, y menos de las cosas  del mundo. Amén.

>> El enojo puede hacernos hablar con descuido, pero debemos cuidar nuestras palabras.

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||<< Un cambio en sus planes de vida >>||

☆ Lectura: 2 Corintios 9:6-15 ☆

Larry y Betty Bartells tenían una buena vida. Tenían 6 hijos, una buena casa, buenos empleos. 

Podían haber pasado el resto de su vida tranquilos, esperando el momento en que el último de sus hijos se graduará de la universidad para disfrutar esa época de la vida en que los hijos se hacen adultos.

Pero el Señor no se los permitió. Dios puso en sus corazones amor por los niños desamparados, con esto realizaron un cambio en sus planes de vida.

Les puso un peso por el número cada vez mayor de niños para quienes cada día es una pesadilla de hambre y peligro.

Así, a una edad en que mucha gente se preocupa por sus inversiones y sus planes de jubilación, los Bartells tomaron rumbo hacia Suramérica con el objetivo de abrir un orfanato.

En Lima, Perú, hay cientos de niños para quienes la palabra hogar es desconocida.

Larry y Betty encontraron una casa lo suficientemente grande como para albergar muchos niños y abrieron sus puertas.

Sus responsabilidades de padres se desarrollaron al máximo al recibir veinte niños en su casa y hacerlos parte de la familia.

No todos podemos hacer lo que hicieron los Bartells.  Pero todos podemos ayudar.

Podemos apoyar ministerios de buena reputación financiera para niños, prometer orar por ellos o participar en organizaciones cercanas a donde vivimos. 

Al hacerlo podemos repartir nuestras dádivas a los pobres (2 Cor.9:9).

Ayudemos a los niños(as).

Es una oportunidad de mostrarles lo que significa el verdadero amor que proviene del nuestro Señor.

Ayudar a un niño(a) es una obra de amor en el presente y una inversión en el futuro.

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