viernes, 17 de julio de 2015

||<< Un destino mucho peor >>||

☆ Lectura: Apocalipsis 20:11-15 ☆

Un presidiario que esperaba la ejecución de la pena de muerte, tenía un profundo sentido de culpa.

Había asesinado a un hombre en presencia de los dos hijos de la víctima en un intento de robo.

El convicto se sentía tan mal que rehúso permitir que su abogado apelase por un aplazamiento de la ejecución.

Para él, marcharse de esta vida era escapar de su conciencia y del reproche de una sociedad enojada.

El presidiario dijo: “Es mi salida de este infierno en vida”.

¡Qué equivocado estaba!

A menos que hubiese hecho las paces con Dios, la muerte tan sólo le abriría la puerta a algo mucho peor: ¡el infierno eterno!

La Biblia dice: “Y de la manera que está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto el juicio” (Hebreos 9:27).

Puede que no seamos asesinos, pero todo hemos pecado (Rom.3:23).

Por lo que a Dios respecta, eso merece la pena de muerte (Rom.6:23), pero Él ha provisto una manera de evitar ese destino fatal.

Dios dió a Su Hijo para que muriese en lugar nuestro, y todos los que creen en Él, en Su sacrificio sustitutivo y resurrección, son librados de la condenación eterna.

A diferencia del convicto que esperaba encontrar alivio por medio de la ejecución, nosotros podemos encontrar la verdadera libertad.

La Biblia nos asegura esto: “Ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Rom.8:1).

Él es nuestra única salida del dilema del pecado. Lo que hagas con Cristo ahora, determinará lo que Él haga contigo después.

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jueves, 16 de julio de 2015

||<< Recogían maná cada mañana >>||

(Lecturas: Charles H. Spurgeon)
☆ Leer: Ex. 16:21 ☆

Para que tus más ricos deleites espirituales perduren, esfuérzate en pensar que dependes enteramente de la buena voluntad del Señor. 

Nunca intentes vivir del maná viejo, ni busques hallar ayuda en Egipto. 

Todo debe venir de Jesús; de lo contrario, estás perdido para siempre. 

Las unciones antiguas no serán suficientes para impartir unción a tu espíritu. 

Tu cabeza tiene que ser ungida con el óleo nuevo del cuerno de oro del santuario, o dejará de tener honra. 

Hoy quizás estés en la cumbre del monte de Dios; pero el que te colocó allí tiene que conservarte allí, sino descenderás más rápidamente de lo que piensas. 

Tu montaña está firme únicamente cuando Dios la pone en su lugar; si Él esconde su rostro, pronto estarás turbado. 

Si el Salvador lo juzga conveniente, no hay una sola ventana por la que miras la luz del cielo, que Él no podría cerrar en un instante. 

Josué mandó al sol que se detuviese, pero Jesús puede ocultarlo en densa obscuridad. 

Jesús puede quitar el gozo de tu corazón, la luz de tus ojos y la fortaleza de tu vida; en su mano está tu bienestar, y cuando quiere, te lo puede quitar. 

El Señor ha resuelto que nosotros sintamos y reconozcamos esta continua dependencia, pues Él nos permite orar sólo por "el pan cotidiano", y únicamente nos promete que "como nuestros días así será nuestra fortaleza". 

¿No es preferible que sea así: que recurramos frecuentemente a su trono y que constantemente seamos recordados por su amor?

¡Cuán rica es la gracia que nos provee con tanta frecuencia, y que no se abstiene de obrar así, mirando nuestra ingratitud! 

La áurea lluvia nunca cesa, y la nube de bendición permanece siempre sobre nuestra habitación. 

● Señor Jesús, nosotros nos inclinamos a tus pies conscientes de nuestra entera incapacidad de hacer algo sin ti. 

Quisiéramos adorar tu bendito nombre y reconocer tu inagotable amor por todos los favores que tenemos, el privilegio de recibir de ti.

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